LENGUA · Mayo de 2026
Tenemos palabras de sobra. Lo que falta es conversación.
A propósito de Mar de Palabras 2026 y de una República Dominicana que necesita escucharse mejor.

A propósito de Mar de Palabras 2026 y de una República Dominicana que necesita escucharse mejor.
Llegué a Mar de Palabras por una imagen en Instagram: un afiche turquesa, líneas de mar y tres días de junio —19, 20 y 21— en los que Santo Domingo volverá a reunirse alrededor de la literatura. En medio del flujo de conciertos, talleres, conferencias y promociones que pasan rápido por la pantalla, esa imagen me detuvo.
No porque un festival literario venga a salvar la relación de un país con la lectura. Sería ingenuo pensarlo. Los datos más recientes de PISA siguen siendo incómodos: en República Dominicana, apenas el 25 % de los estudiantes evaluados alcanzó el Nivel 2 o superior en lectura, el umbral básico para localizar información, identificar ideas principales y reflexionar sobre el propósito de un texto. Dicho con cierta ironía: no podemos pedirle a tres días de literatura lo que el sistema educativo, la vida pública y los hábitos culturales no han logrado sostener durante años.
Pero precisamente por eso un festival como Mar de Palabras importa.
Importa porque aparece en un país donde la palabra circula todo el tiempo, pero no siempre alcanza profundidad. Hablamos mucho. Opinamos rápido. Comentamos todo. Mandamos audios, reaccionamos a noticias, discutimos en redes y convertimos cualquier tema en tendencia. Santo Domingo es una ciudad verbal: tiene ingenio, ritmo, intensidad y memoria oral. Pero hablar no es lo mismo que conversar.
Conversar exige otra disposición. Exige escuchar antes de responder. Sostener una idea sin convertirla de inmediato en burla. Leer el contexto antes de compartir la indignación. Reconocer que no todo pensamiento cabe en una frase rápida, ni toda diferencia merece volverse espectáculo.
Las redes han reforzado una costumbre peligrosa: reaccionar antes de comprender. Una indignación reemplaza a la otra antes de convertirse en conversación. La palabra circula, sí, pero muchas veces no alcanza a pensar: se usa para descargar, marcar posición, pertenecer a un bando y seguir. En ese ritmo, perdemos algo más que paciencia. Perdemos matices.
Ese empobrecimiento de la palabra tiene consecuencias públicas. Un país que lee poco no solo pierde vocabulario. Pierde herramientas para interpretar discursos, promesas, silencios, noticias, campañas, relatos oficiales y memorias familiares. Pierde capacidad para sospechar de lo fácil. Pierde profundidad para discutir lo que le duele.
Por eso Mar de Palabras no debería leerse solo como un evento cultural más en la agenda. Su valor no está únicamente en reunir nombres, paneles o actividades. Su valor está en producir una escena: lectores, docentes, estudiantes, escritores, editores y gestores culturales ocupando un mismo espacio alrededor de la palabra. La literatura sale del estante cuando deja de ser objeto silencioso y vuelve a tocar la ciudad: se escucha, se discute, se comparte, se vuelve encuentro.
También importa que ocurra desde el Caribe. Durante demasiado tiempo, esta región ha sido narrada desde imágenes cómodas: playa, fiesta, color. Esa imagen vende, pero aplana. Deja fuera la historia, la memoria, la inteligencia popular. Me interesa un Caribe que cante y que también argumente. Que no tenga que suavizarse para ser tomado en serio.
Pensar la literatura desde aquí implica reconocer esa complejidad. No tratar nuestras voces como curiosidad tropical, sino como archivo vivo. La oralidad dominicana no es solo espontaneidad: es memoria, ironía, ritmo, invención. Aquí las palabras se doblan, se exageran, se bautizan. Una frase puede cargar barrio, campo, clase social, ternura, violencia y humor al mismo tiempo. Antes de llegar al libro, muchas de nuestras historias ya estaban circulando en la voz.
En República Dominicana, una frase como “tú sabes cómo es este país” puede funcionar casi como contraseña nacional. La usamos para explicar una injusticia, justificar una costumbre, cerrar una conversación incómoda o reconocer, con humor amargo, que hay cosas que todos entendemos aunque nadie las nombre del todo.
El problema es que a veces esa misma inteligencia verbal nos sirve para esquivar la conversación que más falta hace. Decimos “tú sabes cómo es este país” y seguimos. Como si entender el código bastara. Como si nombrar el síntoma fuera lo mismo que pensarlo.
Por eso un festival literario en Santo Domingo puede tener más peso del que parece. No porque resuelva nuestros déficits lectores ni porque convierta la literatura en una respuesta decorativa para problemas estructurales. Importa porque abre una pausa. Y en una sociedad que vive reaccionando, una pausa también puede ser una forma de conciencia.
Mar de Palabras llega como una invitación a mirar la palabra de otra manera: no solo como contenido, comentario o consigna, sino como herramienta para entender el país. Para leer mejor lo que somos. Para discutir sin empobrecerlo todo. Para imaginar un Caribe menos reducido a postal y más consciente de su propia densidad.
Quizá ahí está su fuerza antes incluso de empezar: recordarnos que una ciudad también se educa por los espacios que decide abrir.
Si República Dominicana habla tanto, si opina tanto, si reacciona tanto, la pregunta no es si tenemos palabras. Palabras tenemos de sobra.
La pregunta es qué hacemos con ellas.
Por eso vale la pena mirar hacia Mar de Palabras. No solo para asistir a un festival, sino para participar en una conversación que el país necesita tener con más frecuencia. Ojalá lleguen lectores habituales, escritores, docentes, estudiantes, gestores culturales y también personas que no se consideran “literarias”, pero intuyen que algo en nuestra forma de hablar, leer y escucharnos necesita cambiar.
Porque una ciudad que habla tanto también necesita aprender a conversar. Quizá esa sea la invitación más seria que puede hacernos un festival literario: reunirnos alrededor de la palabra para preguntarnos, sin prisa y sin espectáculo, qué país podríamos construir si aprendiéramos a escucharla mejor.
Referencias
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2023). PISA 2022 Results: Dominican Republic Country Note. OECD.
Festival Mar de Palabras. (2026). Mar de Palabras: segunda edición, junio de 2026. Mar de Palabras.